Los 300 chavos que tuvimos en Fundación Sentido (y mis ganas de volver a abrir la puerta)
En Fundación Sentido tuvimos una academia gratuita con box, squash, karate y fútbol. Llegamos a recibir a 300 chavos en un solo mes. La pandemia nos tumbó. Hoy, viendo lo que pasa en Puebla, me dan unas ganas tremendas de volver a abrir esa puerta.

Hay una etapa que no me puedo sacar de la cabeza
Hay cosas en la vida que uno guarda con un cariño raro. Con orgullo, sí, pero también con un pendiente que no se quita. Así me pasa con Fundación Sentido.
Por años tuvimos algo bien bonito: una academia deportiva gratuita para niños y jóvenes de Puebla. Y cuando digo gratuita, digo gratuita en serio. Sin cuotas escondidas. Sin letras chiquitas. Llegabas, te apuntabas, te dábamos tu lugar en la cancha o en el ring, y a darle.
Lo que se daba ahí
No era poca cosa lo que ofrecíamos:
- Box, para que aprendieran a parar a su cuerpo y a su cabeza.
- Squash, un deporte que normalmente solo está al alcance de unos cuantos.
- Karate, donde lo primero que se enseña es respeto.
- Fútbol, para los que querían correr en bola.
Y atrás de cada clase había entrenadores comprometidos, voluntarios, papás que metían el hombro y un equipo entero que creía algo bien simple: el deporte salva. Un chavo cansado, motivado, con una rutina y un coach que se acuerda de su nombre, es un chavo con muchas menos probabilidades de meterse en problemas.
Llegamos a 300 chavos en un solo mes
No lo digo presumiendo. Lo digo porque todavía me cuesta procesarlo. Hubo un mes en que atendimos a cerca de 300 niños y jóvenes. Trescientos. Trescientas familias con una opción real para sus hijos por las tardes. Trescientos chavos lejos de la calle, lejos de la pantalla, lejos del alcohol, lejos del aburrimiento que es la antesala de tantas cosas.
Y todo se sostenía con la fundación, los donadores, los voluntarios. Nadie se hizo rico. Pero veías a esos niños llegar con su mochilita y entendías que ese era el verdadero negocio.
Y entonces nos cayó la pandemia
Llegó el 2020. No tengo que contarles lo que pasó, ustedes lo vivieron. De un día para otro las puertas se cerraron. Las clases presenciales se volvieron imposibles. Los gastos siguieron, los apoyos se cayeron, y mantener todo esto sin que nadie pudiera entrar a entrenar, simplemente no se pudo.
Tuvimos que cerrar.
Lo digo y todavía me pesa. Porque yo sé lo que se cerró ese día. No fueron nada más unas instalaciones. Se cerró una segunda casa para muchos chavos. Se cerró una rutina. Se cerró un coach que les preguntaba cómo iban en la escuela. Y eso, para algunos de ellos, era lo único firme que tenían.
Lo que veo hoy caminando por Puebla
Camino por Puebla y veo cosas que me preocupan. Chavos cada vez más jóvenes empezando con el alcohol. Prepas donde fumar mariguana ya es lo normal. Papás cansados, desesperados, sin saber qué hacer. Niños de 12 años queriendo ser adultos antes de tiempo porque las redes los empujan.
Y entre toda esa foto hay un detalle que casi nadie ve: las horas vacías entre que sale el chavo de la escuela y llega su papá del trabajo. Esas horas son las más peligrosas. En esas horas un chavo decide qué hacer con su vida sin que nadie lo esté guiando.
Y yo no me puedo sacar de la cabeza la pregunta: ¿qué pasaría si en esas horas tuvieran un ring, una cancha, un entrenador esperándolos?
Por qué quiero volver a hacerlo
No tengo la fórmula completa todavía. No tengo el local ni los recursos listos. Pero sí tengo una cosa muy clara: Puebla necesita que volvamos a abrir algo así. Gratuito. En serio. De a deveras.
No quiero hablar de prevención de adicciones desde un escritorio. Yo creo en la prevención que se hace con sudor. La que se hace con un coach que llega puntual, con un balón inflado y con las ganas de pararse el sábado a las 7 a entrenar a niños que no son tuyos pero los empiezas a sentir como tuyos.
Quiero volver a ver esas caras. La del niño que llega tímido el primer día y a los tres meses ya saluda con confianza. La de la mamá que viene a darte las gracias porque su hijo ya hace tarea sin pelear. La del adolescente que un día te suelta, sin verte a los ojos, que desde que entrena ya no le dan ganas de tomar.
Si tú también lo sientes
Si lees esto y trabajas con jóvenes, si tienes un espacio, si conoces gente que se quiera sumar, si tienes una idea de cómo hacerlo sostenible esta vez: hablémonos. Esta vez la quiero hacer bien. Sostenible. Que no nos tumbe lo que sea que venga.
Porque la juventud poblana no puede esperar a que nos animemos. Y yo, sinceramente, no quiero llegar a viejo sabiendo que podía volver a abrir esa puerta y no lo hice.
— Armando