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Mi primer triatlón y mi cuate Iron Man

Hice mi primer triatlón y, ya en la meta, me topé con un cuate disfrazado de Iron Man. Nos tomamos la foto. Hecho polvo. Sin aliento. Pero con una sonrisa que todavía me recuerda por qué vale la pena meterse en cosas grandes.

Armando Prida Noriega
Mi primer triatlón y mi cuate Iron Man

El día que dije “le entro” sin pensarlo mucho

Les voy a contar de mi primer triatlón. Pasó hace varios años, pero todavía me río cuando me acuerdo. Sobre todo porque al final terminé tomándome una foto con un cuate disfrazado de Iron Man. Sí, el de la máscara roja. Y esa foto, aunque suene raro, todavía me dice cosas.

Yo no era ningún atleta, neta

Cuando le dije a mi familia que iba a meterme a un triatlón, varios me vieron como diciendo “ya se le botó la canica”. Y tenían razón en preocuparse. Yo no era nadador. En la bici me cansaba rapidísimo. Y correr… correr me dolía todo.

Pero pagué la inscripción. Y eso lo cambia todo. Una cosa que he aprendido con los años es esta: las cosas grandes no empiezan con ganas, empiezan con un compromiso. Con una fecha. Con un “ya no hay para atrás”.

Los meses antes (o la parte que nadie te enseña)

Lo que vino después fue duro, no épico. Madrugadas. Albercas frías. Días de no querer salir de la cama. Sesiones donde yo era el más lento del grupo, lejos. Pinchaduras en la bici a media carretera. Correr cuando lo único que quería era sentarme en una banqueta.

Pero también pasó algo curioso: me empecé a sentir diferente. No nada más en lo físico. Por dentro. Cada entreno que sí hacía era una pequeña promesa que me estaba cumpliendo a mí mismo. Y eso, créanme, te recompone.

El día de la carrera

Llegó el día. Nervios. Frío. Gente flaquísima con bicis carísimas. Y yo ahí parado pensando “¿yo qué hago aquí?”. Pero ya estaba.

La nadada, caos puro. La bici, eterna. Y cuando me bajé para correr, mis piernas no eran mías, eran de gelatina. Pensé en parar. Más de una vez, la verdad.

Pero seguí. Paso a paso. No por la medalla, no por el tiempo. Por mí. Porque después de tantos meses, tirar la toalla a media carrera hubiera sido traicionar a todas esas madrugadas.

Y entonces, mi cuate Iron Man

Crucé la meta. Hecho polvo, sudado, con la cara como bocadillo y dos neuronas funcionando. Y justo ahí, en la zona de meta, estaba un cuate disfrazado de Iron Man. No me acuerdo quién era. Me hizo seña. Mi familia, muerta de risa, me gritó “¡tómate la foto!”.

Y me la tomé. Acabado, despeinado, con los tenis hechos polvo, abrazado de Iron Man.

Esa foto la tengo guardada. La veo cuando estoy pasando por un mal momento. Me recuerda dos cosas:

  • Que sí pude. Que el cuerpo aguanta muchísimo más de lo que tu cabeza te dice.
  • Que la vida es mejor cuando aprendes a sonreír en medio del esfuerzo. Que tomar algo durísimo con humor es de las cosas más valientes que hay.

Esto se parece a emprender. Y a salir de una adicción.

Con los años me cayó el veinte de algo: terminar un triatlón, levantar un negocio y salir de una adicción se parecen un buen.

Los tres llevan el mismo ingrediente: acción y compromiso, todos los días.

No es la inspiración. No son las ganas. No es el “lunes empiezo”. Es esa decisión chiquita, repetida cientos de veces, de no rendirse.

  • El que emprende no es el de la idea más brillante: es el que sigue ahí al mes 18, cuando ya nadie aplaude.
  • El que sale de una adicción no es el que jura cambiar: es el que dice “hoy no” cada mañana, durante meses, durante años.
  • El que termina un triatlón no es el más rápido: es el que entrenó cuando nadie lo veía.

Y todos llegan a su meta hechos polvo. Pero con una sonrisa. A veces hasta con una foto absurda al final.

Lo que me llevo

Si estás pensando en empezar algo —entrenar, dejar algo, abrir un negocio, hablar con alguien que te hace falta— una sola cosa: no esperes a sentirte listo. Págale a tu inscripción. Pon la fecha. Comprométete.

Vas a sufrir. Vas a querer rendirte. Y al final, te lo prometo, vas a llegar a tu propia meta con una sonrisa torcida.

Y si hay un cuate disfrazado de Iron Man cerca, tómate la foto. La vas a necesitar el día que dudes de ti.

Armando