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27 años sobrio: mi historia con la adicción, el fondo y la segunda oportunidad

A los 17 probé cocaína por primera vez. A los 20 intenté quitarme la vida dos veces. El 29 de mayo de 1999 pedí ayuda. Esta es mi historia completa, contada en Podría Ser Podcast.

Armando Prida Noriega

Momentos

Nota antes de leer: en este texto hablo de consumo de sustancias y de intentos de suicidio. Si en este momento estás pasando por algo parecido, al final de la página dejé los teléfonos de ayuda gratuita en México. No estás solo y pedir ayuda funciona: yo llevo 27 años comprobándolo.

Wendy Delgado me invitó a Podría Ser Podcast a contar mi historia completa. No la versión corta que doy en las conferencias de secundaria y prepa, sino la larga: dónde empezó, cómo se rompió todo y qué hizo falta para pedir ayuda.

La grabamos en julio de 2026. Aquí abajo está el episodio completo y, debajo, lo que conté.


¿Cómo empieza una adicción?

No empieza el día que aparece la droga. Empieza mucho antes.

Yo tenía 14 años y ya fumaba cigarro desde los 13. Estaba con un grupo de amigos, éramos seis o siete, y uno sacó un churro de mota y preguntó quién quería. Dije que sí sin pensarlo.

Quiero ser muy claro con esto, porque es lo que más sorprende a los papás cuando lo cuento en las conferencias:

No hubo presión. Nadie me dijo "fúmate esto, no seas cobarde". No hubo ningún tipo de estrés. Fue "¿quieres?" y yo dije "sí, claro". Por curiosidad.

Los siguientes tres años y medio fueron normales. Fiestas, alcohol casual, la marihuana ni me gustaba —de hecho me caía mal—. Nada que indicara que yo pudiera tener un problema.

¿Cuál fue el momento exacto en que todo cambió?

Tenía 17 años y medio. Íbamos a salir al antro y se me antojó fumar. Le pregunté a un amigo si traía mota. Me dijo que no, pero que traía cocaína.

Me acuerdo del momento con una precisión que no tengo para casi nada más de esa época. Era como tener al angelito de un lado y al diablito del otro:

Cuando iba bajando a meterme la línea, lo único que estaba pensando era: "la vas a regar, la vas a regar, la vas a regar". Y me la metí.

Años después encontré la forma de explicarlo:

Ese día había una línea invisible frente a mí, y un precipicio detrás. Cuando me metí esa línea, di un paso al vacío. Empecé a caer y me volví adicto para el resto de mi vida.

No estoy diciendo que quien la prueba una vez se vuelva adicto. Cada quien es diferente. Pero yo tengo una personalidad supermente adictiva, y ese día tomé la decisión equivocada de mi vida.

Al otro día quería otra línea antes de salir. Y así empezó todo.

¿Cómo se pasa de "los fines de semana" a todos los días?

Medio gramo me duraba tres salidas: jueves, viernes y sábado. Así estuve un buen rato.

Hasta que un día el efecto se me cortó dentro del antro. Cuando se te corta, se te baja el switch, te pega el alcohol de golpe y te das cuenta. Entonces empecé a llevármela conmigo. Después ya no era jueves, viernes y sábado: era también el domingo, porque estaba muy acabado y "me tenía que recuperar". Después fue entre semana.

Llegó un punto en que la cocaína me llamaba tanto que ya me la metía en seco, sin alcohol, sola. Todo el día. En el trabajo, donde fuera.

Los primeros dos años, con toda honestidad, fueron divertidos. Conocí gente, había anécdotas, estabas de fiesta todo el tiempo. Eso también hay que decirlo, porque si sólo cuentas la parte fea nadie te cree.

Pero llega el punto en que deja de ser divertido:

Todo tu dinero se va a la droga. Todo. Lo poco o mucho que ganes.

¿Cómo consigues droga cuando ya no te alcanza el dinero?

Empecé a venderle mis cosas al dealer.

Lo primero fue una cadenita con un pescadito que me había regalado mi mamá, que es cristiana. Después un reloj. Después se me acabaron las cosas que tenía para vender.

Entonces empecé a vestirme para el dealer:

Llegaba y le decía "traigo el cinturón". Tanto. "¿Y este pantalón?" Tanto. "Estos zapatos son Ferragamo, ¿cuánto me das?" Le daba los zapatos. Y la camisa. Y me subía al carro en bóxers y me regresaba a mi casa a cambiarme.

Mi mamá veía el clóset vaciándose y pensaba que la ropa estaba en casa de mi papá. Mis papás estaban divorciados; yo pasaba los fines de semana con él y entre semana con ella.

¿Por qué no se dieron cuenta mis papás?

Esta es la pregunta que más me hacen, y creo que la respuesta incomoda:

Tú educas a tus hijos lo mejor que puedes, les das valores y herramientas, y asumes: "sí, Armando toma y hace desmadre, pero una droga no se la va a meter". Porque lo último que quieres creer como papá es que tu hijo está tomando malas decisiones.

En este tipo de casos, los papás terminan siendo los últimos en enterarse.

Hay razones prácticas también. La cocaína no huele, a diferencia de la marihuana. Tiene señales —la pupila dilatada, tocarte la nariz todo el tiempo, andar más intenso— pero son mucho más difíciles de leer, y aparecen cuando ya estás muy metido.

Y hay una razón que es la más incómoda de todas:

Te vuelves máster de la manipulación. Te vuelves máster para que no te cachen. Haces lo que sea para que no te cachen y lo que sea para conseguir tu dosis.

Mi mamá, en su desesperación, dio instrucciones en la caseta de vigilancia de la colonia: si Armando llega después de las 3 de la mañana, no lo dejen pasar. La apliqué un montón de veces y me iba a dormir a casa de un amigo.

¿Cuándo te das cuenta de que no lo puedes controlar?

Tardé mucho. Mi cabeza siempre decía "lo puedo dejar, lo puedo controlar, pero hoy no".

El proceso real empezó con una terapeuta. Mi novia de entonces estudiaba psicología y propuso terapia de pareja. La terapeuta nos escuchó y dijo que no necesitábamos terapia de pareja, que estábamos muy chavos. Me apuntó un teléfono en un papel: el de un terapeuta, Héctor.

Fui con la intención de confesarle que me drogaba —pero también de que no me mandara a una clínica, porque no lo quería dejar, lo quería controlar.

En la segunda sesión se lo dije. Con culpa y con miedo a que me juzgara. Le mentí sobre cuánto consumía: le dije tres gramos al día, que era menos de lo real.

Su respuesta me desarmó:

"Si lo controlas y no quieres acabar en una clínica, ¿por qué no mañana que salgas te metes nada más un gramo? ¿Te parece bien?"

Esa semana no lo logré ni una sola vez. Fallé de manera épica. Y ese fracaso hizo lo que ningún regaño hubiera hecho: me mostró que no lo controlaba. Él me estaba haciendo ver que yo estaba viendo y no veía.

Los dos intentos de suicidio

(Si este tema te resulta difícil, puedes saltar a la siguiente sección.)

El primero. Tenía 20 años. Dormía en el mismo cuarto que mi hermano, seis años menor. Esperé a que se durmiera, saqué la cocaína que tenía y decidí metérmela toda.

En mi mente, si me metía la suficiente me iba a dar un paro cardíaco. Esa era mi intención. Mi intención era morirme ese día.

Fueron unos cinco gramos en una noche —a mí medio gramo me duraba tres salidas cuando empecé—. Sentía que el corazón se me salía. No pasó nada. Se me acabó la coca y seguí vivo.

El segundo. Unos días después de que mi papá me dijera "veo que estás tomando mucho, un día te van a ofrecer una droga y te la vas a meter" —y yo le contesté que no, que cómo cree—.

Era jueves, como las diez de la noche, en una oficina vacía. Empecé a hablarle a gente para salir. Cinco, seis, siete personas: nadie me contestó.

Nadie me contesta, nadie me quiere, nadie quiere salir conmigo. Y luego pienso en mi mamá, y pienso en mi papá, y pienso en mis hermanos, y soy una porquería. Y caes en un trance.

Había un arma en el escritorio. La saqué, le quité el seguro y me la llevé a la boca con toda la intención.

Y el cañón me pegó en un diente.

Eso me espantó. Me sacó del trance. Guardé el arma.

Iba manejando de regreso a mi casa y me dije: tengo que pedir ayuda, porque a la siguiente sí le voy a jalar.

Ese fue mi punto de inflexión. Ese fue el día en que supe que si no pedía ayuda, me iba a morir.

¿A quién le pides ayuda primero?

No a mis papás. Le hablé al amigo con el que me había metido coca la primera vez, que para entonces ya estaba rehabilitado —cuatro veces, pero rehabilitado— y que alguna vez me había dicho "si algún día quieres ayuda, me avisas".

Me llevó a una junta de Alcohólicos Anónimos.

Me senté hasta atrás y me agaché. El moderador dijo: "quien esté aquí por primera vez, que levante la mano". Pensé de todo. Me puse de pie y me aplaudieron. Me dedicaron la junta entera para explicarme el primer paso.

El primer paso es cuando aceptas que tu vida se ha vuelto ingobernable y que el control lo tiene el alcohol. Porque la lucha interna siempre es "yo lo controlo, yo puedo, yo no soy adicto".

Y aquí va la parte que casi nunca cuento porque no me deja bien parado: esa misma noche, saliendo de la junta, me hablaron para una fiesta donde yo sabía que iba a haber alcohol y mucha coca. Y fui.

Lo cuento precisamente por eso. Pedir ayuda no es un interruptor.

La conversación con mi papá

Al día siguiente le dije a mi papá que había ido a una junta de AA. Le brillaron los ojos: "claro que lo vas a dejar, no tienes bronca". Mi papá no toma, nunca ha sido un tema para él.

Pero yo sabía que eso no bastaba. Tardé unos diez días más en animarme.

Le hablé un lunes: "necesito hablar contigo". Me citó el miércoles. Terminamos en un Toks, sentados frente a frente, con el lugar lleno.

Yo temblaba. Se lo solté de golpe:

"Papá, mi problema es el alcohol. Soy adicto a la marihuana y a la cocaína desde hace seis años. Mándame a Oceánica, porque si no me ayudas me voy a morir."

Fue como si le hubieran dado una cachetada. Se acomodó en el asiento. Y lo primero que contestó fue: "sí, yo te mando".

Le pedí que vendiera mi coche, lo que hiciera falta. Me hizo preguntas y —como buen adicto— le contesté con medias verdades. Pero se lo dije.

Era el miércoles 26 de mayo de 1999. El jueves me habló: "mañana te vas, ya está tu boleto de avión".

¿Cómo le dices a tu mamá?

Mi mamá estaba en Hermosillo y no sabía nada. En la clínica no hay acceso a teléfonos, pero me prestaron uno.

"Ma, estoy en Oceánica." "¿Qué es Oceánica?" "Es una clínica de rehabilitación. Estoy aquí porque me voy a rehabilitar. Tú no sabías, pero fumo marihuana y me meto coca." "¿Cómo que coca? ¿Cómo que te metes coca?"

Tuve que explicarle qué era: un polvito blanco que te metes. La cocaína no existía en el universo de mi mamá.

Se quedó toda la noche en vela.

Cuento esto porque cuando alguien juzga a una mamá por no darse cuenta, yo pienso en la mía. No es que no estuviera atenta. Es que aquello no estaba en su mundo. Y hoy le puede pasar a cualquier papá o mamá con las drogas sintéticas que ni sabemos nombrar.

¿Qué pasa en una clínica de rehabilitación?

Volé a Oceánica, en Mazatlán, el 28 de mayo de 1999. Cinco semanas.

Voy a ser honesto sobre el viaje: iba en el avión drogándome. Me despedí hasta la puerta de la clínica.

Adentro te revisan la maleta y la ropa. Trabajas todos tus demonios: por qué estás ahí, cómo te sientes, todo tu asunto. Sales reforzado.

El día antes de salir le pregunté a mi terapeuta qué porcentaje recae. Me dijo 93%. Y luego me hizo la única pregunta que importaba: "¿en qué porcentaje estás tú?".

Salí y cambié todo. Mis amigos de consumo: adiós, no los volví a ver. Cambié de círculo y de estilo de vida. Fui a juntas de AA diario, casi religiosamente, durante cinco años.

¿Se acaba la adicción cuando te rehabilitas?

No. Y esta es la parte que más me interesa que se entienda, porque es la que se pierde en las historias de superación:

Esa decisión que tomé mal hace 30 años, al día de hoy la sigo pagando.

¿Cómo se pagan las consecuencias? En tu carácter, en tu ser, en tu espíritu.

A la fecha, de repente todavía tengo pensamientos suicidas. Entras en una depresión y dices "¿qué me pasa?". Obviamente aprendes y maduras y se te va quitando, pero si tienes un problema en la vida, de repente te dan ganas de terminarla.

No es borrón y cuenta nueva. Una adicción así la cargas todo el tiempo y es algo con lo que trabajas todos los días.

Los antojos existieron. Soñaba que recaía y me despertaba a echarme agua en la cara preguntándome qué había hecho. Fui a ver Sexo, pudor y lágrimas recién rehabilitado, salió una escena de cocaína en un antro y casi me salgo del cine. Evitaba pasar en coche frente a los bares.

Hoy la gente me dice "ya no eres alcohólico, ya puedes tomar sin problema". Mi respuesta es la misma siempre:

No quiero averiguarlo. Es como rascarle los huevos al tigre. ¿Para qué?

Ni una cerveza sin alcohol. No le entro a nada de eso.

27 años

Lo dejé el 29 de mayo de 1999.

Mi cumpleaños es en diciembre, pero el 29 de mayo lo festejo más. En Facebook mi cumpleaños es ese día.

Ese día renací, porque me hubiera muerto si no lo dejo. Sin duda me hubiera muerto.

¿Con qué llenas el vacío?

Parte de lo que aprendes en la rehabilitación es que te tienes que ocupar.

Me dediqué a trabajar. Empecé a hacer deporte: bici de montaña, luego triatlones —tengo un Ironman y unos diez 70.3—. En 2016 me volví paracaidista y hoy salto profesionalmente, además de volar en traje de ardilla voladora. Vivo en Vancouver, estoy casado y tengo tres hijos.

Pero el mecanismo de fondo es el mismo, y vale la pena nombrarlo:

Al final, cualquier adicción —drogas, alcohol, ludopatía, compras— es llenar un vacío. Estamos en una búsqueda constante de la felicidad, tratando de llenar los huecos que sentimos. Yo entonces lo busqué en las drogas. Hoy lo busco en el paracaídas, en volar, en el trabajo, en ver a mis hijos superarse.

¿Qué les digo a mis hijos?

Me senté con Armando y con María cuando cada uno tenía unos 15 años y les conté esta historia, más o menos como la conté aquí.

Cuando los papás me preguntan en las conferencias cómo evitar que sus hijos caigan, mi respuesta es que no hay mejor vacuna que los valores, una familia unida y estar cerca. Porque las drogas se les van a presentar. La probabilidad de que un adolescente tenga drogas enfrente es altísima, y cada vez hay más sintéticas.

Lo importante es que tenga una buena base para que decida bien.

Sobre el miedo como método: funciona a veces, pero funciona mejor estar atento, presente, conectado, con buena comunicación. Hay muchos temas que los papás no hablan porque siguen siendo tabú. Háblenlos en la casa.

Y hay una línea delgada que sí quiero marcar: no puedes ser el cuate de tus hijos. Tienes que ser autoridad. Pero tienen que tener claro que si hay un problema, tú eres la primera persona a la que pueden recurrir.

Porque este fue exactamente mi error:

Yo no me había dado cuenta de que tenía la ayuda enfrente de mí. Lo único que tenía que hacer era levantar la mano y pedirla. Pero tenía terror. Me tardé meses en animarme a pedirle ayuda a mi papá, pensando que la consecuencia iba a ser gravísima. Y ahí estaba la ayuda.

Un consejo más, incómodo pero útil: pon atención al círculo de amigos. Yo me empecé a rodear de quienes consumían y me alejé de quienes me hubieran regañado. Tuve un amigo, Carlos Ruiz, que era el único que me decía "no te metas eso". Lo alejé. Hoy se lo agradezco.

Y como papá, permítete desconfiar un poco. Le preguntas algo a tu hijo y le crees, porque lo amas. Pero un poco de duda a tiempo te puede evitar un problema mucho más grande.

¿Qué le dirías a un adolescente con curiosidad?

Lo peor que puedes hacer es simplemente decirle que no.

Lo que yo les digo es la verdad:

Yo la regué. Casi me muero. Tuve mucha suerte de rehabilitarme y mucha suerte de no recaer. Te lo cuento en hora y media y piensas "se drogó, salió, es paracaidista, le va increíble". Pero la consecuencia la pagas muchísimo.

Y termino siempre igual:

Valora primero a dónde quieres llegar en la vida, antes de tomar una decisión tan delicada como probar algo con lo que te puedes volver adicto para siempre.

Yo quería cumplir mis sueños. Me complique muchísimo la existencia para cumplirlos.

¿Con qué me gustaría que te quedaras?

Cuento mi experiencia para que alguien se ahorre lo que a mí me pasó.

Si a través de lo que escuchaste puedes evitar acabar como yo acabé —alcohólico, sin poder volver a tomar, habiendo querido suicidarte, a punto de morirte—, si te lo puedes ahorrar porque a través de mí aprendiste algo hoy, eso sería maravilloso.

Si necesitas ayuda ahora

En México, gratis y 24/7:

  • Línea de la Vida — 800 911 2000. Orientación en salud mental y adicciones de la Secretaría de Salud (CONASAMA). Contesta un profesional.
  • SAPTEL — 55 5259 8121. Apoyo psicológico e intervención en crisis por teléfono.
  • 911 en caso de emergencia.
  • Alcohólicos Anónimos México — juntas abiertas, diarias, gratuitas.

Si eres papá o mamá y tienes dudas sobre tu hijo, o si eres un chavo que quiere hablar, también me puedes escribir. Lo que a mí me salvó fue que alguien me contestó.


Preguntas frecuentes

¿Cuánto tiempo lleva Armando Prida sin consumir? 27 años. Dejó el alcohol y las drogas el 29 de mayo de 1999, tras internarse en la clínica Oceánica en Mazatlán.

¿A qué edad empezó su adicción? Probó marihuana a los 14 años y cocaína a los 17 y medio, en 1997. Pidió ayuda a los 20, en mayo de 1999.

¿Qué lo hizo pedir ayuda? Un segundo intento de suicidio fallido. Conduciendo de regreso a casa esa noche entendió que si no pedía ayuda, no sobreviviría.

¿A quién le pidió ayuda primero? No a sus papás. Le habló a un amigo que ya estaba rehabilitado y que lo llevó a su primera junta de Alcohólicos Anónimos. Días después se lo confesó a su papá.

¿Se cura la adicción? No. En sus palabras: "la decisión que tomé mal hace 30 años, al día de hoy la sigo pagando". La recuperación es un trabajo diario, no un punto final.

¿Qué recomienda a los papás para prevenir? Valores, familia unida, comunicación abierta sin temas tabú, atención al círculo de amigos, y ser autoridad sin dejar de ser el primer lugar al que un hijo acude con un problema.

¿Dónde puedo escuchar el episodio completo? En Podría Ser Podcast, episodio #38, conducido por Wendy Delgado. Disponible en YouTube, Spotify y Apple Podcasts.